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21.12.09

Reglas del Perro para Navidad-A Dog's Rules For Christmas



1. Tener paciencia con los dueños durante este tiempo. Ellos pueden estar más estresados que lo usual y apreciarán tus largas demostraciones de cariño.
2. Ellos vendrán con grandes bolsas de cosas que llamarán regalos. No asumas que todos los regalos son tuyos.
3. Sé tolerante si tus dueños te disfrazan. Ellos sienten un tipo especial de placer al vernos vestidos de esa forma.
4. Ellos traerán un árbol grande en la casa y lo cubrirán con luces y adornos. Aunque te parezca raro, éste es un ritual muy importante para tus dueños. Entonces hay algunas cosas que necesitarás saber:
No orines el árbol de navidad.
No bebas el agua del recipiente que sostiene el árbol.
Ten cuidado con tu cola cuando estés cerca del árbol.
Si hay paquetes abajo del árbol, aún aquellos que tengan un olor interesante o que tengan tu nombre, no los abras.
No mastiques el cordón que corre desde el cómico agujero en la pared hasta el árbol.
5. Tus dueños ocasionalmente invitarán un montón de extraños durante esta época. Estas fiestas pueden ser de mucha diversión, pero también requieren de un poco de discreción por tu parte:
No todos los extraños aprecian los besos y los saltos.
No comas de la mesa.
Ruega por tu premio sutilmente.
Sé agradable aunque los extraños se sienten en tu sofá.
No tomes de los vasos que hayan sido dejados fuera de tu alcance.
6. Asimismo, tus dueños pueden llevarte de visitas. Allí también tus modales son importantes:
Observa todas las reglas del punto 4 sobre los árboles y cúmplelas también en la casa de otras personas.
Respeta el territorio de los animales que puedan vivir en la casa.
Tolera a los niños.
Enciende tu encanto por largo tiempo.
Un hombre grande con una barba blanca y una risa muy fuerte puede aparecer de la chimenea en el medio de la noche................... ¡NO LO MUERDAS!.
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1. Be especially patient with your humans during this time. They may appear to be more stressed-out than usual and they will appreciate long comforting dog leans.

2. They may come home with large bags of things they call gifts. Do not assume that all the gifts are yours.

3. Be tolerant if your humans put decorations on you. They seem to get some special kind of pleasure out of seeing how you look with fake antlers.

4. They may bring a large tree into the house and set it up in a prominent place and cover it with lights and decorations. Bizarre as this may seem to you, it is an important ritual for your humans, so there are some things you need to know: - Don't pee on the tree - Don't drink water in the container that holds the tree - Mind your tail when you are near the tree - If there are packages under the tree, even ones that smell interesting or that have your name on them, don't rip them open - Don't chew on the cord that runs from the funny-looking hole in the wall to the tree

5. Your humans may occasionally invite lots of strangers to come visit during this season. These parties can be lots of fun, but they also call for some discretion on your part: - Not all strangers appreciate kisses and leans - Don't eat off the buffet table - Beg for goodies subtly - Be pleasant, even if unknowing strangers sit on your sofa - Don't drink out of glasses that are left within your reach

6. Likewise, your humans may take you visiting. Here your manners will also be important: - Observe all the rules in #4 for trees that may be in other people's houses. (4a is particularly important) - Respect the territory of other animals that may live in the house - Tolerate children - Turn on your charm big time

7. A big man with a white beard and a very loud laugh may emerge from your fireplace in the middle of the night. DON'T BITE HIM!!

21.12.06

Emiliano y los perros ( Una historia de Navidad )



Emiliano amanecía cada día en un rincón distinto del barrio. Aquél que le había dado cobijo durante la noche, con un techo de estrellas sobre su cabeza. Emiliano pernoctaba allí donde la noche llegaba a diario a su realidad. Y lo hacía al calor de sus amigos, que le rodeaban fieles aportando calidez física y afectiva. Seis, siete, ocho perros amigos le acompañaban en su vagabundeo diurno y en su descanso nocturno. Y Emiliano los trataba con extraordinarios cuidados y mimos, aún a costa de sus propias privaciones.

Pero ¿quién era Emiliano?. Por el barrio se comentaban diversas historias sobre su vida. Pero todas coincidían en un punto: se trataba de un hombre nacido en una familia de clase media. Poseía estudios universitarios y había sido funcionario de carrera en el Instituto Cartográfico Nacional.

En su edad joven, con un trabajo estable, una casa familiar (sin familia, eso sí) y un nivel de vida de tipo medio, algo debió de pasar por la mente de Emiliano. Comenzó recogiendo cuantos perrillos abandonados encontraba a su paso, hasta que la casa terminó por asemejarse más a un albergue canino que a un hogar. Los vecinos expresaron a Emiliano sus quejas sin resultado alguno. Vinieron entonces las denuncias y las pretensiones de desalojar a los canes. Hasta que un día, aquel alma grande y aquella mente que con frecuencia se negaba a pensar de acuerdo con los modos establecidos, al unísono decidieron vivir al margen de horizontes que limitan.

Y comenzó una nueva etapa, abandonando su trabajo y abandonando su casa, para vivir en libertad. Sin vecinos arriba y abajo que se molestan por saberle feliz. Sí, la calle, la calle sería en adelante su hogar.

Educado siempre, digno, sin concesiones a la tentación de mendigar, Emiliano únicamente sufría si un día se encontraba sin posibilidad de dar de comer a sus canes compañeros. Y éstos crecían en número cada verano. Todos los que eran abandonados por sus amantísimos amos, encontraban cariño al lado de Emiliano. Lamentablemente, el número siempre se equilibraba por la falta de alguno de ellos. La ausencia de higiene y de cuidados veterinarios se encargaba de impedir que el número creciera demasiado.

A primeras horas de la mañana, era frecuente ver a Emiliano durmiendo en un rincón de la calle, rodeado de sus amigos para los que nunca faltaba una raída manta aunque él dejara que su cuerpo descansara directamente sobre el suelo.

Su conversación, siempre instruida y atenta, hacía que contara con la simpatía y la generosidad de los que habitualmente pasaban a diario por su lado. Esto era lo que le permitía sobrevivir.

Y aquella noche de finales de Diciembre, en plenas vacaciones Navideñas, el aire congelaba el aliento. Aparecían las calles desiertas y, aquellos a los que alguna necesidad les hacía salir de sus casas, caminaban apresurados y prácticamente enfundados hasta los ojos. Incluso las bombillas de colores, y su misión de aportar ambiente Navideño a las calles, parecían haber sido vencidas por la gélida noche y ofrecían una luz tenue, pobre, fría también. Algunas, incluso, habían decidido dejar de brillar para siempre. Y mostraban unas figuras Navideñas imposibles, truncadas, deshechas.

De vuelta a casa, pasé a su lado. Sus amigos los perros habían sido cuidadosamente tapados con mantas compartidas, y se apretaban unos contra otros intentando transmitirse un calor que no tenían. A sus ojos abiertos no acudía el sueño. El frío y el hambre no son buenos compañeros de los sueños. A su lado, Emiliano frotaba con energía sus manos. Siempre se había negado a acudir a pasar la noche al refugio donde los Servicios Sociales Municipales le ofrecían cama y comida. Le habrían requisado a sus amigos, los habrían enviado a la perrera municipal. Y él nunca consentiría eso, ellos no estaban abandonados, le tenían a él.

Contestó a mi saludo deseándome buenas noches. Agradeció, como siempre atento sin servilismos, la moneda que habitualmente depositaba en su mano de uñas largas y negras y de piel cubierta de una suciedad acumulada de varias fechas (lavarse las manos en una fuente de la calle en pleno invierno, no es precisamente un placer). Sus amigos sólo me siguieron con la mirada.

También yo le deseé buenas noches y proseguí con prisa mi camino. Y de repente, oír mi voz expresando ese deseo a alguien en aquellas condiciones, removió algo dentro de mí, del corazón, de mi mente ya acostumbrada a ver feliz a Emiliano en cualquier situación. ¿Era mi moneda habitual la forma de tranquilizar mi conciencia por la parte de responsabilidad que me tocara en la situación de todos los Emilianos?. Pero aquel mi expresado deseo de “buenas noches” me sonó tan banal, que era demasiado incluso para mi conciencia, acomodada y posiblemente poco autoexigente.

Desvié mi trayecto y entré en uno de esos supermercados de horario nocturno. Llené sendas bolsas con algo de embutido, de pan, leche, de alguna chuchería y... también de un poco de vino que aportara calor. En la otra bolsa puse suficiente número de latas con comida para perros y caminé contenta al encuentro de Emiliano. Seguía en el mismo lugar, seguía frotándose enérgicamente las manos.

Satisfecha, le entregué las bolsas y, tratando de evitar el tono grave que en ese momento se empeñaba en ensombrecer mi voz, “por si aún no habéis cenado” le dije con premeditada jovialidad intentando no herir su dignidad.

Emiliano me miró -gracias- dijo, y sonrió, sólo sonrió. Rápidamente se puso a rebuscar en las bolsas, poniendo hacia un lado, sin hacerle caso, cada artículo de comida que encontraba dentro. Así hasta que tocó el turno a aquélla en que estaban las latas para los canes. Me miró y sonrió de nuevo, con abierta sonrisa esta vez. “Gracias” -repitió- “habría sido suficiente con esto, yo estoy bien”. Y se volvió, ya ignorándome, con prisa por preparar a sus expectantes amigos la ansiada comida.

Y ahora, ya no fui capaz de expresarle otro “buenas noches”. Solo me encaminé de nuevo a mi casa, donde me esperaba el calor. El del cariño de mi familia, el de la calefacción de la casa, el de la sopa de mi cena, el de la música Navideña de aquellos niños vestidos de pastorcitos que cantaban esa noche en la televisión. De repente aprecié todo cuanto poseía y supe, como nunca, lo superficiales que eran mis sensaciones de necesidad.

Pero Emiliano me había enseñado. Y aprendí que yo carecía de dones en los que él era inmensamente rico: su capacidad para ser feliz sin nada, su sentido de la amistad anteponiendo las necesidades de sus amigos a las suyas propias, su espíritu libre sin calendarios ni relojes que vienen a recordarte fechas, horas...

Y mi calendario, inmisericorde, se empeñó en recordarme que era Navidad, pero que existen en el año 365 noches...


Autor desconocido